La Avinguda del Tibidabo de Barcelona celebra estos días su 125.º aniversario, al igual que el funicular que sube al parque de atracciones y el Tramvia Blau. Detrás de este conjunto urbanístico de alta gama hay un empresario poco habitual: Salvador Andreu (1841-1928), un farmacéutico que reinvirtió los beneficios de su laboratorio en una promoción inmobiliaria y de ocio que aún marca el perfil de la ciudad.
De una botica en Ciutat Vella a un remedio de éxito
Andreu iba para religioso, pero una pandemia de cólera le llevó a dedicarse a la salud. En 1866, con 25 años, terminó los estudios de Farmacia y abrió una pequeña botica muy cerca de la Plaça del Rei, en el actual distrito de Ciutat Vella. Poco después se trasladó a la Rambla Catalunya, en el Eixample.
De aquellas instalaciones salió un remedio para la garganta que se hizo popular con rapidez: las pastillas del Doctor Andreu, que llevan su nombre y se siguen vendiendo más de un siglo después. La empresa fue ampliando su cartera de productos y su propietario reunió una fortuna que destinó a obras filantrópicas y a inversiones inmobiliarias.
Un proyecto urbanístico en varios niveles
La inversión más ambiciosa fue el Tibidabo, el punto más elevado del término municipal de Barcelona, a 512 metros sobre el nivel del mar. El plan de Andreu se articulaba en capas:
- La base residencial: un señorial paseo de 1,5 kilómetros, hoy Avinguda del Tibidabo, flanqueado por mansiones proyectadas por arquitectos de renombre como Josep Puig i Cadafalch, Enric Sagnier o Joan Rubió i Bellvé.
- El transporte: un sistema de tranvías, de característico color azul, que unía los dos extremos de la avenida, y un funicular para subir a la cumbre.
- La cima: un mirador que pronto se convirtió en espacio religioso y de ocio.
La idea de acercar la naturaleza a los ciudadanos mediante el transporte ya se había extendido por otras ciudades europeas. El historiador ferroviario Joan Carles Salmeron explica que el funicular del Tibidabo «fue el primero de la Península Ibérica». El invento nació en 1862 en Lyon, otra ciudad de relieve abrupto, y se generalizó en Suiza, país en el que Andreu lo descubrió durante un viaje.
El salto al ocio: del templo a las atracciones
La estación superior del funicular destacó por sus vistas, pero no se quedó en simple mirador. En 1902, un año después de su apertura, comenzó la construcción del templo expiatorio del Sagrado Corazón, de estilo ecléctico, cuyas obras se prolongaron durante seis décadas.
La apuesta por el entretenimiento arrancó en 1905 con un laberinto de espejos y una colección de autómatas que todavía pueden visitarse. Después llegaron un carrusel (1910), un monorraíl suspendido (1915), un avión (1928) y La Talaia, una torre metálica de 50 metros inaugurada en 1921 que forma parte del skyline barcelonés.
Cambios de propiedad y un tranvía sin fecha
El funicular perteneció a los descendientes de Andreu hasta 1988, cuando lo compró Grand Tibidabo, holding de Javier de la Rosa, protagonista de uno de los escándalos financieros más sonados de la historia reciente de España. El complejo acabó saliendo a subasta y en 2002 lo adquirió el Ayuntamiento de Barcelona, que encomendó su gestión a Barcelona de Serveis Municipals (BSM). En 2021 el funicular fue renovado y se consolidó como la principal puerta de entrada al parque de atracciones.
El Tramvia Blau tiene un presente menos favorable: desde 2018 sus vehículos permanecen guardados en las cocheras a la espera de una reforma sin fecha. Salmeron lo califica de «incomprensible» y recuerda que «en otras ciudades los transportes históricos se consideran como un emblema».
Qué significa para las empresas: análisis de El Noticiario
La trayectoria de Andreu ilustra una forma de emprender que hoy llamaríamos diversificación: un producto de éxito que genera caja, y esa caja que se reinvierte en activos de otro sector, en este caso suelo, infraestructuras y ocio. Lo relevante no es solo la inversión, sino la visión integrada. Vivienda de lujo, transporte y atracción turística se concibieron como un único ecosistema en el que cada pieza daba valor a las demás.
También deja una lección sobre la gestión de activos con vocación patrimonial. El paso por manos privadas, el escándalo financiero de finales de los ochenta y la recuperación pública en 2002 muestran la dificultad de sostener en el tiempo infraestructuras emblemáticas, y el caso del Tramvia Blau evidencia el coste de aplazar su mantenimiento. Para inversores y operadores de turismo urbano, el Tibidabo es un recordatorio de que el patrimonio histórico puede ser un activo económico, pero exige financiación y planificación a largo plazo.




